sábado, 5 de mayo de 2012
Capítulo 1
Esto... no sé exactamente que es lo que tengo que hacer ahora, nunca antes había tenido un diario, y menos informático. Pero en estos momentos me encuentro dentro de un avión en una especie de vuelo improvisado que se dirige hacia... creo que hacia ninguna parte, y esto es lo único que tengo como entretenimiento, así que intentaré cogerle el truco.
Hola,... diario. No puedo darte mi nombre real, ni mi edad, ni mi natalidad, ni respuesta a ninguna pregunta sobre mi identidad (por el momento), porque para comprenderlos primero tendrás que conocer mi historia.
Yo me he criado en una pequeña ciudad de Australia llamada Alice, es una zona llena de vegetación y fauna cerca de la costa este, es decir, llena de vida. No abunda la población humana, por lo menos en la zona en la que vivíamos mi abuela y yo. ¿Mis padres? Oh, bueno, un final trágico el suyo. Murieron. La primera en dejarme a merced de las garras de la realidad de este mundo fue mi madre; ella murió durante el parto debido a su constitución débil y a que hubo varias complicaciones. Y bueno mi padre, o mejor dicho, “ese hombre” que debía de ser mi padre, me dejó en el hospital esa misma noche como si no existiera y se fue a beber a un bar de carretera por haber perdido a la persona que más había amado en el mundo, por eso no puedo decir que sea mi padre, porque un padre de verdad, no se olvidaría a su hija en una incubadora, pero resumiendo, que después de pasarse la noche entera metiéndose botellas y botellas de alcohol, su cuerpo llegó al límite y pensó que sería buena idea causar un coma etílico que acabara con la vida de mi progenitor en el mismo hospital en el que yo me encontraba, esperándolo. Todos los médicos y enfermeras se quedaron traspuestos al tener en sus brazos un bebé abandonado por una madre muy frágil, y un padre egoísta sin saber muy bien qué hacer con él. Estuve tres semanas en el hospital, esperando a que alguien me recogiera, pues cuando llamaron a mis familiares y les explicaron que había pasado, nadie quiso saber nada de mí; la familia de mi madre, que era muy religiosa, dijo que no querían tener en su casa a alguien que en una sola noche se había llevado dos vidas; y la de mi padre, simplemente no quería saber de mi existencia pues odiaba a mi madre, y le dijeron a mi padre que tenía que elegir entre ella o ellos. Lógicamente, la eligió a ella, así que desde ese momento para ellos mi padre no existía y por lo tanto, yo tampoco. La única que quiso cuidar de mí fue mi abuela, la madre de mi madre, que había sido repudiada por sus otros familiares por creer en más cosas que no abarcara la religión cristiana
Hola, me llamo Jane, aunque por lo que sé ahora, me han llamado de muchas formas en mi vida: Caroline, Katia, Alexandra, Siho, Rose, ..... no podría acordarme de todos ahora, pero te aseguro que la lista es completamente infinita. Tengo 17 años, y nací en …. bueno: en Italia, Alemania, España, Ocklahoma, Kyoto y en todos los lugares que se te puedan ocurrir. Si, sé que es difícil seguirme así que creo que empezaré por el principio, al menos por el principio en el que he creído hasta ahora. Como te he dicho, nací en Alice, una pequeña ciudad de Australia rodeada de frondosos y verdes bosques repletos de vida y alegría. Vivía con mi abuela Jessica en una pequeña casita de madera a las afueras de la ciudad; era un lugar precioso: nuestra pequeña madriguera (así la llamábamos nosotras) se encontraba rodeada de árboles de todos los colores y de todos los tamaños. Enfrente de la casa se podía ver un extenso lago de agua cristalina que reflejaba los rayos del sol en todas direcciones creando una imagen mágica y casi sobrenatural. No puedo describirlo de otra manera, pues no existen palabras que puedan captar la belleza que allí habita. Además, lo recuerdo todo muy borroso y luminoso, pero de la manera en la que se recuerda un sueño, la imagen no es del todo nítida, pero eso precisamente lo hace más bello.
Yo tenía una vida bastante buena, por no decir perfecta. Aunque nunca conocí a mis padres, siempre fui feliz, tremendamente feliz. Mi abuela me enseñó todo lo que sé: a caminar, a comer, a hablar,...me enseñó a vivir. A partir de ahí, mi vida giró en torno a ella y la suya en torno a mí. Nos teníamos la una al a otra y no necesitábamos a nadie más para ser felices.
Aunque nunca me ha quedado muy claro lo que pasó con mis padres pues la historia de ser abandonada por los dos después de cruzar el muro de la muerte es la que me contaron las pocas personas con las que manteníamos el contacto, porque por lo que respecta a mi abuela, nunca se ha dignado a hablar de ello. Siempre lo evita sacando algún tema de conversación alternativo o dirigiéndome una mirada triste que me traspasa dejando tras de si, un agujero negro, oscuro y espeso que no se desvanece hasta que el más lívido y fugaz de mis pensamientos en referencia a lo que pasó el día en que nací me abandona. Siempre me ha impresionado esa mirada suya, porque ella es una persona feliz y alegre, comprensiva y despreocupada, atenta y cariñosa, y nunca dejará de impactarme que sea capaz de mostrar tanto dolor en una sola mirada, y aunque me gustaría saberlo para poder compartir su miedo, la verdad es que yo, solamente de pensar lo que le puede atormentar, ya me da auténtico terror. Digo esto porque ella no le teme a nada, y cuando digo a nada, me refiero a nada ni a nadie, por eso me aterra pensar en lo que le puede causar tanto dolor. Supongo que a desarrollado esta inmunidad al miedo durante los años, me explico: mi abuela siempre a sido un tanto “especial” y diferente pues creo que pocas personas son capaces de averiguar lo que va a pasar en un futuro por medio de los sueños todos los meses, en otras palabras, mi abuela tiene visiones durante las noches de luna llena. Aunque no son sueños gustosos de recordar, pues siempre vive por lo que está pasando la persona con la que sueña y sus sueños nunca son de cosas benévolas en los que salgan risas y sentimientos agradables, sino que siempre tiene premoniciones de sucesos catastróficos llenos de sentimientos desgarradoramente dolorosos. La mayoría de veces no puede hacer nada pues no aparecen fechas ni lugares concretos, ni siquiera sabe quién es el dueño de las sensaciones que tiene en su sueño, lo único que sabe es que no existe nada peor en el mundo.
Pero recuerdo, que había un... un ritual. Si, es difícil de creer pero si no crees esto, el resto de mi vida te va a parecer imposible, así que simplemente te pido que me creas (¿en serio le estoy hablando a un ordenador? En fin). Aun me acuerdo de lo que había que hacer: coger unas tijeras, agua, hierba fresca, cerillas, un mejunje negruzco -cuando era pequeña me acuerdo que usaba una mini escalera con dibujos de “Snoopie” para llegar hasta los estantes donde se encontraban las cosas-,después tenía que salir corriendo al jardín y colocar una mesa que teníamos fuera para tomar el desayuno en la orilla del lago de forma que el reflejo de la luna quede justo encima de ella, luego, vertía el agua directamente sobre la superficie de la mesa sin que llegase a los bordes, pero haciendo un charco lo suficientemente grande como para que todo el contorno de la luna quepa en él , seguidamente cortaba de una planta que compró mi abuela en la tienda de Eric (el boticario) una flor por debajo de los sépalos, de modo que solo quede la flor, a continuación, untaba la flor con la sustancia negruzca y después de eso tenía que prender la flor, haciendo que solo las brasas, pudiesen tocar el charco de agua, difuminando ligeramente el reflejo de la luna. Lo último de todo, era mojar la hierba en el agua repasando el borde de la luna, y volver corriendo a la habitación de mi abuela, donde agonizaba por la pesadilla, para dejar el pequeño ramillete de hierba que acababa de purificar -o eso decía ella- encima de su frente empapada por el sudor, siempre obligándome a pensar que esa humedad era por el miedo y no por el dolor de su sueño. Rara o mágicamente, dejaba de temblar y de sudar como si nunca lo hubiese hecho, y volvía a dormir plácidamente, sin percatarse de las lágrimas que corrían por las mejillas de su nieta por ver sufrir a su abuela de aquella manera.
No recuerdo aquello como algo desagradable ni como algo placentero, sino como otra cosa más que ha quedado grabada en mi memoria. Me extraña que recuerde todo aquello, más que otra cosa, me extraña haberme acordado de la escalerita de “Snoopie”, habíamos pasado tanto juntas... :cogiendo aquel tarro de galletas del séptimo estante de la despensa, agarrando una zapatilla para matar al bicho que estaba justo encima del cabezal de la cama de mi abuela porque a ella solo le parecía una criatura repugnante que no se merecía ni que llorara por ella -pero yo siempre me ponía triste al sentir como aquel bichito inofensivo crujía bajo mi zapatilla-, también me acuerdo de como me ayudaba a alcanzar los libros del estante de arriba cuando estaba aburrida, y como olvidar el modo en que me había servido de silla cuando ya era demasiado mayor como para subirme en ella.
En fin,¿ me enrollo bastante verdad? Bueno, espero que te vayas acostumbrando pues mi historia es muy larga, me gusta mucho contar los detalles y si no escribo me aburriré en este avión así que, continuemos.
Ahora que sabes de los sueños premonitorios,creo que podría explicarte la atracción que siento por la noche, en especial por la luna y las estrellas. Siempre que terminaba de recoger lo que había usado para purificar esa hierba misteriosa, me quedaba horas y horas llorando mientras miraba fijamente al círculo blanco, dándole las gracias por haberle devuelto la serenidad a mi abuela, pero siempre con una sonrisa en la cara y en el corazón. Desde la primera vez que hice eso, he dedicado por lo menos unos minutos a mirar fijamente el cielo nocturno, algunas veces consciente, y otras, inconscientemente de que lo hacía. Pero siempre lo he sido de una cosa: durante todas mis noches en Alice, he podido escuchar cánticos y melodías extrañas, más cercanas a nanas que a otra cosa, pero siempre, a parte de transmitirme serenidad y cariño, me han transmitido dolor, traición, lamentos, y lo más duro de todo, me han transmitido un sentimiento que hoy en día todos llamaríamos amor. Amor por una madre perdida y traicionada, amor por un padre desconocido y rencoroso, y amor por una voz masculina y dulce diciéndome que algún día, conocería a mi padre, aunque eso me hiciera daño o me alegrara, y todos ellos los he escuchado solamente en las noches en las que había mirado la luna. Y eso verdaderamente me asusta; no tengo miedo de la noche, no tengo miedo de la oscuridad, tampoco tengo miedo de oír voces que no tienen ningún sentido cada vez que miro la luna, lo que me asusta de verdad es que de una manera u otra, todas las cosas que me dicen los cánticos, sé que ya me han pasado aunque no las recuerde.
Si, sé que todo lo que te he dicho, desde el “Hola” hasta “recuerde” ha sido un poco lioso, pero te vuelvo a decir, que si no entiendes esto, no entenderás nada de lo que me ha pasado en mi vida, por eso te pido que sólo me creas, y nada más. Sigo.
Te he recreado mi infancia como un sueño del que ninguna persona querría despertar, y así fue, la única pega, es que a mí me tocó despertar antes de lo que yo pensaba. En la noche de mi décimo tercer cumpleaños.
Estaba en mi cama, dando vueltas sin parar, enroscándome la sábana entre las piernas, cambiándome de postura continuamente e incluso dando pequeños botes en el colchón para ver si me entraba el sueño, pero nada, ni siquiera sentía los párpados pesados. Así que me levanté a oscuras, y me quedé de pie delante de mi puerta pensando por qué mi abuela aun no me había llamado (pues aunque fuera con un débil suspiro, siempre me llamaba en sueños para que le ayudara), así que me cansé de esperar, y salí de mi cuarto directa a la cocina, cogí todo lo necesario para el ritual, después me dirigí dando tumbos hasta la terraza -cuesta creerlo pero todavía mis ojos no se habían acostumbrado a la oscuridad, aunque creo que nunca me he acostumbrado a la oscuridad que cubre las noches de Alice-, hice los preparativos y esa vez, por simple aburrimiento, até la hierba con un hilo que colgaba en los bajos de mi camisón. Después de eso, esperé y esperé, pero nada, mi abuela no me llamaba y el agua cada vez estaba más cerca de llegar al borde de la mesa. Además, no ayudaba mucho a mantener el agua dentro el hecho de que poco a poco, la luna iba cambiando de posición, y yo, tenía que ir moviendo la mesa para que quedara justo debajo de ella.
Cuando las gotas empezaron a escurrir por entre los tablones de madera de la mesa, me cansé. Fui a la cocina, cogí un trapo, y limpié la mesa. Después de haber colocado cada cosa en su lugar, me quedé tumbada en la hamaca que colgaba de dos sauces plantados justo en frente de nuestra terraza intentando contar estrellas, aunque cuando llegué alrededor de las 652, empecé a pensar que no era una de las ideas más brillantes que había tenido.
Justo cuando estaba pensando en volver a mi cuarto, un grito desgarrador rompió el dulce silencio de la noche en mil pedazos. Dirigí mi vista hacia la dirección desde donde se suponía que había salido aquel aullido lleno de desesperación y dolor, y mis ojos se encontraron con los de una mujer de cabellos castaños blanquecinos que se estaba ahogando en el lago, se encontraron con unos ojos marrones oscuros, con una persona llena de sufrimiento y de tristeza, pero lo que más había en esos ojos, era dolor. Sentí la necesidad de gritar “abuela” para que saliera de su habitación y me ayudara a sacar a aquella mujer del agua o simplemente para que llamara a la policía, y lo hice. La llamé con todas mis fuerzas pero ella no venía, no me oía, y entonces lo comprendí todo, volví a fijarme en los ojos de aquella mujer, en las arrugas que tenía alrededor de ellos y de la boca, signo de una persona que siempre ha sonreído, signo de una persona que siempre ha sido feliz y que nunca ha mirado el lado negativo de las cosas. Después de fijarme en todo eso, eché un vistazo a mi interior, y mi corazón se contrajo como nunca lo había hecho antes, al comprobar como un agujero negro y espeso se colaba en mi interior y se expandía como si quisiera alcanzar todas las partes de mi ser, se contrajo al comprobar que es lo que había provocado eso, sólo una mirada era capaz de nublarme la mente de esa manera. La mirada de mi abuela. La portadora de aquel grito era mi abuela. La causante de aquella agonía que se apoderó de mí en el instante en el que había descubierto quién era la mujer que se estaba ahogando, ella.
Al descubrir de quién se trataba, mis pies comenzaron a moverse, tan rápido y velozmente como nunca me habría creído capaz de hacer. Me tiré al agua con ropa, sin percatarme de si el agua estaba fría, sin percatarme de las heridas que me había hecho al correr descalza por el césped, sin percatarme de si me escocían los ojos por el impacto del agua contra mis retinas y sin percatarme de que me faltaba el aire con cada brazada que daba. Yo siempre he sido una nadadora excelente, incluso me asombraba la facilidad con la que había aprendido a nadar, pero esta vez, así como en otras ocasiones me había parecido como si volara sobre el agua, me parecía como si los segundos fueran minutos, y como si el agua opusiera resistencia contra mi cuerpo. Cuando por fin llegué al lugar en el que se hallaba mi abuela, mi respiración se cortó, mi corazón dejó de latir, mis ojos no me permitían el lujo de parpadear, incluso mis brazos y piernas amenazaban con abandonarme y dejarme a merced de las oscuras aguas que se expandían en un inmenso lago en el que la única orilla estaba situada delante de nuestra casa. Mi abuela, que segundos antes había estado peleando con uñas y dientes contra las oscuras profundidades del lago, ahora yacía boca abajo, flotando. Mi mirada se quedó fija en las hondas de agua que salían desde su cabeza, esperando a que una burbuja me indicara que seguía viva, pero nada, solamente encontraba una figura inmóvil y solitaria, solo mecida por la marea causada por mi patético intento de mantenerme a flote. Pero no me di por vencida, mi abuela no podía haberse ido, tenía que estar viva. Así que la cogí de manera que su cabeza quedara por encima del nivel del agua -dios, que pálida estaba-, me preparé para nadar hasta la orilla, e ignorando el escozor de mis ojos provocado por las lágrimas contenidas, inicié el recorrido hasta la única posibilidad que tenía mi abuela de salir de aquello con vida.
No conté el tiempo que tardé en llegar hasta la casa, ni siquiera me di cuenta de lo que estaba haciendo, supongo que a eso le llaman estar a punto de entrar en estado de “shock”, pero mi cabeza sabía que si entraba en ese estado, mi abuela no tendría ninguna posibilidad, así que me limité a hacerle el boca a boca. No respiraba. Seguía sin respirar. Después de estar cerca de una media hora intentando revivirla, me di cuenta de que su cuerpo empezaba a ponerse rígido, y ahí fue cuando rompí a llorar, lloré como nunca había llorado antes. Grité y me maldije por no haberla salvado antes, por no haberme asegurado de que estaba en su habitación en vez de ponerme a contar estrellas. ¿Pero quién demonios se ponía a contar estrellas? Lo que más recuerdo de esa noche es que maldije a la luna. Si, maldije a la luna y a todas las estrellas que después de tantos años ofreciéndole protección, la habían dejado morir. No se si fue porque mi cerebro no soportaba tantas emociones, pero sentí como poco a poco se iba nublando mi mente, desconcertándome, y dejándome sentir sólo como caía, caía y caía hasta chocar con algo rígido y a la vez, blando, dejándome sentir como me iba cayendo hasta impactar contra el cuerpo inerte de mi abuela.
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